El dolor más grande que una persona puede sentir, después de la muerte de un ser querido, es- según mi propia experiencia- ser engañada, pasar de ser una mujer feliz a una mujer cornuda.
Enterarte que tu marido tuvo un affair con otra mujer por el pasado año y medio no es gratificante y crea una angustia tan profunda que duele físicamente y no justamente allí donde se supone que salen los cuernos, sino en el medio del pecho, es un calor que quema y destruye toda pizca de felicidad que había en el alma.
Y como un lacónico mantra que vuelve una y otra vez a mi cabeza escucho: "mi marido me engaño, me metió los cuernos, se revolcó con otra (una y otra vez durante un año y medio) y después vino a casa me beso y me dijo que me amaba". Escalofriante. Horroroso. Doloroso sin fin. Aunque diga que se equivocó, en sus palabras: que cometió un error, que me ama, que siempre me amó y que quiere volver a empezar conmigo. Duele (y no menos) y tal vez más, porque me pregunto, si antes (que también me amaba) me ofendió de esta forma, ¿por qué tendría que esperar de él otro comportamiento? ¿por qué se supone que alguien que traiciona a un ser, que dice amar, no lo va a hacer de nuevo?
Tal vez en el concepto de amor que él tiene, la traición es un error permitible. Y ese sería un problema irreconciliable, con o sin cuernos.
No voy a discutir, por lo menos en este primer post, de quién es la culpa, que siempre hay un 50 porciento de responsabilidad, y bla, bla, bla. Hoy quiero hacerme cargo de mi nueva cornamenta y de mi dolor. Me subo a este blog y digo: soy una cornuda.
Al final todos los programas de rehabilitación empiezan cuando uno acepta su condición. Tal vez esto también a mí me ayude.
Y en honor a la verdad tengo que confesar que me parece totalmente injusto que quien lleva los cuernos sea el engañado y no el otro, el que causo este dolor, y el que, en última instancia, debería cargar con la vergüenza de ser un traidor y llevar consigo el estigma de infiel a donde quiera que vaya.
Lo que al final me queda claro, es que nunca más voy a volver a usar el término cornuda/o en vano. Atras de esta convinación caprichosa de letras se esconde el más grotesco y doloroso de todos los sentimientos: el de saberse traicionado.